HERMANAS
Decidí escribir en un cuadernito en la playa a la vieja usanza. Tenia la idea de escribir sobre mis hermanas y me doy cuenta que me cuesta mucho hacerlo. Muchísimo; pero voy a hacerlo como un ejercicio hasta comenzar la tan postergada novela sobre clarita.
Les voy a cambiar los nombres por las dudas. Es que en cierta forma estoy robándoles sus almas y su intimidad y desde una perspectiva algo soberbia. No creo que pueda ficcionar el relato a la manera de “mujercitas” de L. M.Alcott, mi libro preferido de la niñez o como la versión moderna, glamorosa y predecible de Marcela Serrano.
En realidad no se que va a salir. Tal vez algo infructuoso, incompleto e incomprensible pero supongo que no importa después de todo.
Marina, la mayor.
No se mucho sobre ella. Cuando yo nací, ella tenía dieciséis. Nunca en mi memoria convivimos. Si se que era muy bella, muy “especial” y que por serlo logro ser azafata internacional de una aerolínea norteamericana cuando todavía había mucho glamour en ese trabajo. Asi es que mientras sus amigas estudiaban alguna carrera que nadie esperaba realmente que terminaran o simplemente preparaban sus ajuares para bodas que ocurrirían apenas pasado el umbral de los veinte, marina tenia una vida rara, diferente, para algunos tan sofisticada como “peligrosa” para una chica de buena familia.
Vivía tres días a la semana en Miami en hoteles lujosos, paseando su juventud y su súper sueldo con languidez por arenas blancas y tiendas coloridas. Su vida era “un placer” como se decía entonces.
Yo tengo solo vagos recuerdos de sus rodetes perfectos y sus ojos muy maquillados, Sus botas ajustadas y las bolsas de regalos que traía para toda una familia que la recibía con fascinación.
Claro que había alguien prioritario en su vida como debía ser. Su novio Alberto. Un muchacho emprendedor, ambicioso y hábil para el comercio quien la llamo “reina” desde el primer instante en que la vio cuando ella tenia tan solo quince años.
Lo obvio y sabido por todos era que se casarían y ella dejaría su trabajo tan opuesto a los requerimientos de una esposa y madre.
Se caso a los veintiuno y dejo su trabajo adorado a los veintitrés. Se fue con Alberto a un pueblo de la patagonia donde el tenia planeado construir su futuro y su destino.
Yo no se si ella opuso resistencia. Si discutieron la decisión. Intuyo que creyó que seguir los proyectos de su marido era lo que se debía hacer.
Tuvo a sus tres hijos, los crió y su vida transcurrió inexorable en aquel rincón lejano del sur que ella detestaba cada vez más.
Conocí algunas de sus búsquedas a través de los años que le permitieron sentirse casi contenta con ella misma. La lectura, los viajes, los idiomas, el tejido. La verdad es que solo puedo reconstruir fragmentos de sus quejas, de sus dolores, sus fijaciones y sus cada vez más marcadas características hipocondríacas.
Deduzco que Alberto era dominante y agresivo y que ella lo tolero todo por sus hijos y por no saber como cambiar esa vida que ella misma había elegido para si como el único camino correcto.
Asi visto parece tan claro porque cuando sus hijos crecieron y se fueron de casa, ella entro en una depresión tan infinita que ya nunca pudo salir. o no quiso. Las enfermedades de la mente son esquivas y traicioneras. Ya era tarde para que su marido le preguntara que quería para su vida. Quizás lo que ocurrió fue su castigo final hacia el que se sentía tan orgulloso y pleno. Como tantas mujeres que se postergan y aceptan una transacción avara y retrograda pero se guardan un as en la manga para no ser las únicas perdedoras.
Pienso en sus hijos que aun hoy no se recuperan porque se dieron cuenta cuanto la amaban cuando ya era tarde.
Yo no la conocí lo suficiente. No fuimos amigas pero teníamos el vínculo innegable de la sangre y de las cosas compartidas y entendidas sin decir. Recuerdo pequeñas cosas que la ponían contenta y como en el ultimo tiempo sus hijos y su marido recurrían a ellas repetidamente con la esperanza de recuperar lo que no volvería jamás. La llevaban al río, a pasear en lancha, al lago, al bosque, la traían a Buenos Aires a comer carne rica en su restaurante favorito, a mirar vidrieras en los nuevos shoppings tan parecidos a aquellos lejanos norteamericanos donde se había sumergido con tanto deleite y libertad en su juventud.
Nada la alegraba, ni la inquietaba, ni le interesaba, ni le importaba. Nada. Ante la desesperación de sus hijos (el resto de la familia solo fuimos observadores lejanos de algo que no comprendíamos), su vida se apago. Ella decidió que hasta allí había llegado.no más sufrimiento. No más añoranzas. Ella misma escribió su fin.
Releo lo que escribí y todo parece una simplificación tan grande. Debe haber tantas otras cosas que sucedieron que yo no conozco. En mi afán de observar otras vidas y comprenderlas, esta en especial me deja perpleja ante la simpleza y la complejidad de la mente humana. Me consume la rabia al darme cuenta que tantos factores se confabularon para destruirla y el peor fue su propia formación. Como tantas mujeres de su generación quedo atrapada en una jaula de barrotes dorados y sólidos con nombres pomposos como “sacrificio” “entrega” “seguridad” “deber”.
Igual como dije al principio, reflexiono desde la soberbia, la distancia y la completa ignorancia sobre los laberintos oscuros de las almas y las mentes de los otros.
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