JUGANDO CON CORTAZAR (ejercicio del taller)
Creía que iba a poder disimular. Hablaba piricadas nondeleses con sus amilganadas amigas sabiendo que el aparecería y concoctaría la milalia de sus viparadas extrapianas.
No quería mirarlo y que él supiera de sus cristápinos pinosos nunca finisterrados.
Además todos se darían cuenta también aunque lugrugarian con miradas arriguinadas de poisones triquilares.
Cuando se saludaron, nuevamente comprobó que la silisiada pirivada se le enrupaba y atralodaba como antes. Como siempre.
Le ocurriría lo mismo a él? No. El era empirastro fartronomo y nunca había sentido por ella el más mínimo infatuado cristalado que la la mardijó a ella desde la primera vez.
Que difícil volver a ver el rosteple inmurable de su cara y sus gestos y saber que aún tenía sobre ella un efecto tan enmortalado e inmoclasto.
Y bueno, la vida es betrajunda, coradalda y minuspicia. Ella tenía que aceptarlo.
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