CULINARIA
Podría medir el tiempo y su paso vanidoso enumerando las
rutinas de la cocina y sus etapas en mi vida.
Cuando la estrené, sus cacharros y artefactos relucientes eran en su mayoría cuidadosos regalos de
casamiento. Entonces, la novedad la convertía en un juego o en una prueba.
Reconocía la imitación de lo que había visto y disfrutado en
otras, la de la infancia y las que me gustaban. Inevitablemente, la repetición
diaria muchas veces me trajo frustraciones y tedio. La obligación atenta contra
la diversión.
También podría confeccionar un anecdotario de situaciones
culinarias exitosas y penosas y así comprobar como va pasando la vida en mi
cocina.
Contar las veces que el orgullo quedó herido cuando la
comida no gustó y admitir que aún hoy, aunque la cocina no es el reino que una
mujer quiere conquistar, sigue siendo un desafío y una competencia no asumida como tal.
Podría revivir las
historias graciosas que se van propagando a medida que los hijos las toman
prestadas y las cuentan. Esas tragedias culinarias recordadas con carcajadas
pero que todavía me duelen.
La vez que vinieron esos amigos tan sofisticados y sibaritas
y yo les di unos canelones comprados incomibles. Una situación insalvable que aún
me persigue cuando los veo por ahí.
O el primer cumpleaños de mi hijo mayor con toda la familia y los
amigos. Había decidido hacer todo yo sola. Todas las tortas y lo demás. Una
hora antes del evento, un chaparrón malintencionado por la zinguería de la obra
sin terminar, inundó todas las delicias. Tiré cada una llorando y las reemplacé
rápidamente por artículos manufacturados industrialmente
y artificialmente y a nadie le importó.
Ahora mi preocupación pasa por la comida sana que los chicos
no quieren ni probar; por la pereza de pensar un menú diario al finalizar un día
agotador y por encontrarme cada noche frente a lo obvio y repetido sintiéndome
una pésima cocinera y una mala madre de paso.
Supongo que en el futuro me quedarán como recuerdos felices,
los tes con amigas acompañados de mis
contados logros dulces, los asados que preparamos con mi marido y a los que ya
les tomamos la mano y las recetas descubiertas por mi hija a las que me anima
con su intacta energía.
Intuyo que cuando ya no se escuche en esta cocina la odiosa
pregunta diaria, “Que hay de comer?” porque ya no haya nadie que la pronuncie,
añoraré esto que ahora quisiera evitar y que como todo también pasará.

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