viernes, 16 de noviembre de 2012

CULINARIA



CULINARIA


Podría medir el tiempo y su paso vanidoso enumerando las rutinas de la cocina y sus etapas en mi vida.
Cuando la estrené, sus cacharros y artefactos relucientes  eran en su mayoría cuidadosos regalos de casamiento. Entonces, la novedad la convertía en un juego o en una prueba.
Reconocía la imitación de lo que había visto y disfrutado en otras, la de la infancia y las que me gustaban. Inevitablemente, la repetición diaria muchas veces me trajo frustraciones y tedio. La obligación atenta contra la diversión.
También podría confeccionar un anecdotario de situaciones culinarias exitosas y penosas y así comprobar como va pasando la vida en mi cocina.
Contar las veces que el orgullo quedó herido cuando la comida no gustó y admitir que aún hoy, aunque la cocina no es el reino que una mujer quiere conquistar, sigue siendo un desafío y una competencia  no asumida como tal.
Podría  revivir las historias graciosas que se van propagando a medida que los hijos las toman prestadas y las cuentan. Esas tragedias culinarias recordadas con carcajadas pero que todavía me duelen.
La vez que vinieron esos amigos tan sofisticados y sibaritas y yo les di unos canelones comprados incomibles. Una situación insalvable que aún me persigue cuando los veo por ahí.
O el primer cumpleaños de  mi hijo mayor con toda la familia y los amigos. Había decidido hacer todo yo sola. Todas las tortas y lo demás. Una hora antes del evento, un chaparrón malintencionado por la zinguería de la obra sin terminar, inundó todas las delicias. Tiré cada una llorando y las reemplacé  rápidamente  por artículos manufacturados industrialmente y artificialmente y a nadie le importó.
Ahora mi preocupación pasa por la comida sana que los chicos no quieren ni probar; por la pereza de pensar un menú diario al finalizar un día agotador y por encontrarme cada noche frente a lo obvio y repetido sintiéndome una pésima cocinera y una mala madre de paso.
Supongo que en el futuro me quedarán como recuerdos felices, los tes con amigas acompañados de  mis contados logros dulces, los asados que preparamos con mi marido y a los que ya les tomamos la mano y las recetas descubiertas por mi hija a las que me anima con su intacta energía.
Intuyo que cuando ya no se escuche en esta cocina la odiosa pregunta diaria, “Que hay de comer?” porque ya no haya nadie que la pronuncie, añoraré esto que ahora quisiera evitar y que como todo también pasará. 


   

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