El paquete.
Esa navidad cuando tenía ocho años, el juego de creer en Papá Noel estaba
llegando a su fin aunque yo tratara de estirarlo y mis padres, a su manera, también.
Los días previos hacía mucho calor y La luz se cortaba todo el tiempo. El día 19 Celsa,la
empleada, se fue a Paraguay sin avisar como le decía mamá a cada persona con la que
hablaba por teléfono. todos esos días mis padres se gritaban y nos gritaban sin
ninguna razón que ,a mí por lo menos, me resultara clara.
Me dolía que ellos no mostraran el mismo entusiasmo y
excitación que nos invadía a mis hermanos y a mí a medida que se aproximaba la fecha.
El día 21 o 22 como a las tres de la tarde, mamá llegó
cargada de bolsas y paquetes y los dejó descuidadamente bajo el árbol. Salimos
de la pelopincho pisando charcos de barro y resbalando en las baldosas de la
galería para poder ver qué había traído. Uno de sus gritos agudos nos paralizó:
“Ni se les ocurra. El que toque algo de acá, no recibe ni un regalo el 24.”
Elena, desafiante, le
contestó, “pero si Papa Noel viene el 24 a la medianoche.”
“Por eso. Si quieren que venga ni se acerquen al árbol. Y no
entren con barro porque los mato.”
Me hubiera gustado que se expandiera en su explicación sobre
Papá Noel, sus horarios y condiciones pero no era el momento para pedir un poco
de magia que ese diciembre se estaba evaporando como las gotitas de agua en mi
piel apenas salía de la pileta.
Cuando mamá subió a su cuarto, Elena la temeraria, fue
directo al árbol y agarró cada uno de los paquetes sin apuro ni temor y leyó todas las tarjetitas con forma de campanita o
galletita de gengibre. Yo temblaba sin control pensando que si mamá bajaba y la veía, la ibamos a pasar
muy mal.
Pero finalmente Elena
Volvió a la galería y me dijo “ya sé
cual es mi regalo y el tuyo también. Es el grande ese que parece una bolsa
llena de ropa sucia. El que está envuelto en papel blanco.”
El tamaño era prometedor. Tan grande. Que podía ser? No era
una caja. No tenía bordes ni puntas. Parecía que guardaba algo blando y sin
forma. “Es pesado?” le pregunté. “Andá a
fijarte maricona.”
No fui.
Esa noche papá vino a apagar la luz de mi cuarto. Me sonrió
apenas desde la puerta. Se notaba que tenía calor y estaba cansado pero como él
no nos gritaba tanto como mamá, arremetí
con uno de esos temas que los chicos saben son puras fantasías pero
insisten y los padres responden porque no sé quién tiene más pena por quién.
“Papá Noel va a venir el 24 a la medianoche?”
“sí claro. Si te portás bien. “
Qué creativo. Pobre.
“Pero en el árbol ya están los regalos para nosotros. Vino
antes?
“puede ser. Tiene que organizarse.”
“Y vos sabés que me trajo?”
“Tiene que ser una sorpresa. Si te digo, se rompe la magia.”
Lo dejé en paz pero esa noche tuve varias pesadillas. En
una, mis hermanos, Elena y Hernán, me metían en una bolsa blanca y hacían un
nudo. Cuando sentía que ya no podía respirar más, mis padres abrían la bolsa y
primero se reían y después lloraban.
Me desperté muy angustiada y me alivió ver que varios otros
regalos habían ocultado la bolsa con el enorme
paquete blanco sin forma.
La cena de nochebuena se hizo eterna como siempre. La
medianoche no llegaba más. Pero cuando al fin todos brindaron , se saludaron y
abrazaron, nos dejaron ir a abrir los
regalos.
Me acerqué y toqué el papel. Iba a dejarlo un rato sin abrir mientras lo miraba más
detenidamente pero noté que mamá me miraba mientras se acercaba desde la galería con una sonrisa expectante.
Rasgué el papel y tardé en
comprender lo que era. Sabiendo que mi madre seguía observandome, le
sonreí y con una entonación parecida a la que tantas veces le había escuchado a
ella, le dije, “Que lindo. Justo lo que necesitaba. Un cubrecama porque
el mío ya no da más. Qué práctico Papa Noel.”
Mientras mamá me preguntaba si me gustaba el estampado
“liberty”, yo intentaba aceptar con resignación
el fin de la magia y el comienzo
de algo muy aburrido, tan aburrido como recibir un cubrecama para navidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario