miércoles, 24 de septiembre de 2014

El paquete.

Esa navidad cuando tenía ocho  años, el juego de creer en Papá Noel estaba llegando a su fin aunque yo tratara de estirarlo y mis padres, a su manera,  también.
Los días previos hacía mucho calor y La luz se cortaba  todo el tiempo. El día 19  Celsa,la  empleada, se fue a Paraguay sin avisar  como le decía mamá a cada persona con la que hablaba por teléfono.   todos esos  días mis padres se gritaban y nos gritaban sin ninguna razón que ,a mí por lo menos, me resultara clara.
Me dolía que ellos no mostraran el mismo entusiasmo y excitación que nos invadía a mis hermanos y a mí a medida que se aproximaba la fecha.
El día 21 o 22 como a las tres de la tarde, mamá llegó cargada de bolsas y paquetes y los dejó descuidadamente bajo el árbol. Salimos de la pelopincho pisando charcos de barro y resbalando en las baldosas de la galería para poder ver qué había traído. Uno de sus gritos agudos nos paralizó: “Ni se les ocurra. El que toque algo de acá, no recibe ni un regalo el 24.”
Elena, desafiante,  le contestó, “pero si Papa Noel viene el 24 a la medianoche.”
“Por eso. Si quieren que venga ni se acerquen al árbol. Y no entren con barro porque los mato.”
Me hubiera gustado que se expandiera en su explicación sobre Papá Noel, sus horarios y condiciones pero no era el momento para pedir un poco de magia que ese diciembre se estaba evaporando como las gotitas de agua en mi piel apenas salía de la pileta.
Cuando mamá subió a su cuarto, Elena la temeraria, fue directo al árbol y agarró cada uno de los paquetes  sin apuro ni temor y leyó todas  las tarjetitas con forma de campanita o galletita de gengibre. Yo temblaba sin control pensando que  si mamá bajaba y la veía, la ibamos a pasar muy mal.  
 Pero finalmente Elena  Volvió a la galería y me dijo “ya sé cual es mi regalo y el tuyo también. Es el grande ese que parece una bolsa llena de ropa sucia. El que está envuelto en papel blanco.”
El tamaño era prometedor. Tan grande. Que podía ser? No era una caja. No tenía bordes ni puntas. Parecía que guardaba algo blando y sin forma.  “Es pesado?” le pregunté. “Andá a fijarte maricona.”
No fui.
Esa noche papá vino a apagar la luz de mi cuarto. Me sonrió apenas desde la puerta. Se notaba que tenía calor y estaba cansado pero como él no nos gritaba tanto como mamá, arremetí  con uno de esos temas que los chicos saben son puras fantasías pero insisten y los padres responden porque no sé quién tiene más pena por quién.
“Papá Noel va a venir el 24 a la medianoche?”
“sí claro. Si te portás bien. “
Qué creativo. Pobre.
“Pero en el árbol ya están los regalos para nosotros. Vino antes?
“puede ser. Tiene que organizarse.”
“Y vos sabés que me trajo?”
“Tiene que ser una sorpresa. Si te digo, se rompe la magia.”
Lo dejé en paz pero esa noche tuve varias pesadillas. En una, mis hermanos, Elena y Hernán, me metían en una bolsa blanca y hacían un nudo. Cuando sentía que ya no podía respirar más, mis padres abrían la bolsa y primero se reían y después lloraban.
Me desperté muy angustiada y me alivió ver que varios otros regalos habían ocultado la bolsa con el enorme  paquete blanco  sin forma.
La cena de nochebuena se hizo eterna como siempre. La medianoche no llegaba más. Pero cuando al fin todos brindaron , se saludaron y abrazaron,   nos dejaron ir a abrir los regalos.
Me acerqué y toqué el papel. Iba a dejarlo un rato  sin abrir mientras lo miraba más detenidamente  pero noté  que mamá me miraba mientras se acercaba  desde la galería con una sonrisa expectante.
Rasgué el papel y tardé en  comprender lo que era. Sabiendo que mi madre seguía observandome, le sonreí y con una entonación parecida a la que tantas veces le había escuchado a ella, le dije,  “Que lindo.  Justo lo que necesitaba. Un cubrecama porque el mío ya no da más. Qué práctico Papa Noel.”
Mientras mamá me preguntaba si me gustaba el estampado “liberty”, yo intentaba aceptar con resignación   el fin de la magia y el comienzo de algo muy  aburrido, tan aburrido  como recibir un cubrecama para navidad.





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