sábado, 29 de septiembre de 2012

ATASCADA

Sabía que iba a pasar. Volver un domingo a esta hora significa esto. No hay manera de avanzar.Los cuatro carriles están colapsados. No creo que podamos movernos por un largo rato. Es un piquete? Un accidente? O simplemente que todos estamos volviendo en la misma dirección a esta hora arruinando el día al aire libre que imagino la mayoría hemos tenido.
Los chicos están dormidos. La radio y su locutora chillona me impacienta más así que la apago.
En el carril derecho hay un camión gigante. La puerta tiene pintadas las banderas de Brasil, Paraguay y Argentina. El conductor está tranquilo. Toma mate mientras conversa animadamente con su acompañante. Debe ser el único a quien esta situacion no lo altera. Su vida transcurre en esa cabina día tras día y todas las autopistas con sus distintos escenarios no lo sorprenden. No le cambian el humor.
Muy diferente se comporta el conductor del auto alemán que apreta el acelerador amenazante y toca bocina cada treinta segundos mientras gesticula al aire, a todos, a nadie ya que nadie le presta atención. El camionero lo mira fugazmente y vuelve a su conversación. No le importa, o más bien, no puede ayudarlo.
Una pareja en el carril izquierdo consulta sus celulares. De a ratos escriben mensajes velozmente como si fuera de alguna forma extraña una manera de avanzar. No se hablan. No se miran. Si estaban peleados, esta desgastante situación los obliga a sostener la tensión y los mudos reproches mutuos peligrosamente. Me pregunto si aflojarán. Hago una apuesta mental que él cederá primero. Las estadísticas me avalan.
Mi carril avanza apenas unos centímetros y menos que los demás. Siempre pasa. Ahora quedo pegada a un micro de larga distancia. Hay una chica con la frente apoyada sobre el vidrio de la ventanilla. Observa intensamente. Pareciera impresionada o confundida. No sé de donde vendrá ese micro pero la expresión en ese rostro  me hace imaginar un lugar muy lejano y despoblado. Un sitio distante donde autopistas así con esta jauría de autos agazapados y feroces no se ha visto jamás. Pensará que esta es solo la primera de muchas situaciones raras que le aguardan en la ciudad. Cuanto le durará la incredulidad?
En una camioneta vieja y humeante hay muchas personas. Tal vez todos parientes. Adelante van apretados un conductor de mediana edad, una mujer con una niña en brazos y una pareja mayor. Serán los abuelos. se rien y comen bizcochos de grasa. Atrás hay cuatro jóvenes con gorros y bufandas tapando parte de sus caras. Dos duermen. Uno mueve la cabeza al ritmo de alguna música que escucha por unos auriculares que no puedo ver. El otro me mira fijo. Yo desvío la mirada pero él no. Está bien. El está incómodo y tal vez ese sea su modo de hacerme ver que yo la estoy pasando mejor en este infierno compartido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario