viernes, 9 de diciembre de 2011

JAVIER CONOCE A FLORENCIA

JAVIER CONOCE A FLORENCIA


Todo estaba en orden en su departamento de Las Heras. Ahora podía escribir sin interrupciones. Primero se sacaba trámites y mandados molestos y luego se recluía con sus anotadores a escribir hasta agotarse.
Si claudia, su hermana, venia le traía alguna comida que el agradecía mas por la molestia que por la comida en si. El prefería sus sopas o algo comprado en la rotiseria. Cualquier cosa para acompañar las series en dvd que consumía cada noche.
Estaba muy moderno con esta costumbre; como los jóvenes con los que hacia el curso de cine los jueves.
Y si, todo estaba ordenado y tranquilo en su vida. Hubo momentos difíciles pero ya todo estaba en calma. No más sobresaltos. La soledad no estaba mal considerando que las últimas veces que estuvo en compañía fue para hacerse cargo de enfermos. Su padre, su madre, el tío Osvaldo…
Retirarse de la empresa antes de los sesenta era una suerte, le decían. Cuanto tiempo para hacer todo lo que no había podido.
No se quejaba. En parte era verdad. leer, escribir, ver películas. Procurarse intereses para llenar los días. Que más se podía pedir…

El taller de escritura le intereso porque quería saber si estaba bien encaminado con su novela policial. A el le parecía que si. Hasta la había convertido en un guión y el profesor del curso de cine le había dicho que a pesar de ser muy “retro hitchcock” estaba interesante.
Bueno, que importaba. Igual era otra oportunidad para ver gente. Escuchar voces jóvenes, arrogantes, vehementes, necias a veces…. Además, era un buen pretexto para que su hermana dejara de preocuparse por sus costumbres ermitañas.

La primera clase del taller cubrió sus expectativas. Le gusto la actividad propuesta y el profesor con sus anécdotas. Los “alumnos” formaban un grupo heterogéneo como los que habitualmente se encuentran en estos lugares. Javier paso desapercibido como siempre. Puntual, Se sentó al fondo y observo silencioso el proceder de los participantes.

Cuando la vio, le gusto inmediatamente. Su estilo, su simple elegancia y sus pies. Si, sus pies. Calzaba unas sandalias muy modernas y tenia las uñas pintadas de rojo furioso en unos pies delicados y bronceados que balanceaba con ritmo pero sin nervios. Quedo hipnotizado por este detalle.
Ella tampoco abrió la boca. Aun así, siguió todo con divertido interés.
Cuarenta? Cuarenta y pocos.
Alianza matrimonial.
Un perfume dulce y suave y un collar de piedritas coloridas. Un perfil y una sonrisa cautivantes. Gestos serenos y seguros.
Que bueno que volvería a verla la próxima semana.

Durante su semana mecánica y predecible, se encontró a si mismo pensándola. Muchos se habían presentado y habían explicado que hacían, por que estaban allí, que buscaban y cuanto hacia que escribían. Javier conocía esas introducciones. Algunas tediosas, otras no tanto. Ella no se había presentado.

Cuando llego el día tan silenciosamente esperado, decidió tomar un café en el bar de la esquina antes de entrar al curso y para su feliz sorpresa ahí la vio. Sentada leyendo el diario. Parecía disfrutar plenamente de su momento de soledad. Otra vez, lo atrajeron los detalles; su camisa de corte impecable, sus jeans, su cabello recogido al descuido. Tan informalmente fina.
La camarera se acerco con la cuenta y el pudo ver de lleno su sonrisa luminosa al agradecer y pagar. Había algo tan agradable y alegre en su modo, en sus gestos.
Ella no lo vio. Se encamino a paso rápido a la sala del curso.
En esta clase tampoco participo. Solo anoto y siguió todo con el mismo interés apacible que el ya le había notado.
Bueno, la próxima clase tal vez….

Cada día de la semana pensó en posibles nombres y profesiones que encajarían con lo que el percibía en ella. Que haría? Todos escribían, claro, pero todos tenían una profesión u ocupación aparte.
Cayo en la cuenta que los días pasaban lentos y que el viernes era una meta acariciada con ansia y disimulo. Se encontraba de pronto rogando que ella no faltara al curso como si fuera una cita. Javier no había tenido una cita en años, décadas, tal vez. Adriana, su única relación casi estable había finalizado hacia tanto….sin embargo no recordaba haber sentido algo tan perturbador por ella. Ni siquiera al principio cuando todo es una viva promesa. Después, la inseguridad, el alejamiento. Con el transcurrir del tiempo ya no añoraba ni se arrepentía de lo que no fue.

Viernes otra vez.
Llego media hora antes y se sentó en el mismo bar de la esquina. Espero casi con angustia y cuando ella apareció luminosa y ligera, el la saludo en voz alta. Un impulso irreconocible que lo desconcertó más a el mismo que a ella.

- hola. Del curso. Del taller de escritura.
- Si, claro. Como estas?
- Eh. Te queres sentar aca?
- Bueno, dale. Hay tiempo, no? Llego temprano porque no se calcular bien. Con la autopista y todo.
- Venís de lejos?
- Si. Te gusta el curso?
- Si... esta bien pensado…

Que fácil fue! No hubo esfuerzo ni incomodidad. La charla fluía con las características que ella le imprimía: calida, entretenida, llena de humor y lo mejor, algo que el no había anticipado, llena de coincidencias literarias y cinematográficas.
Florencia era profesora de historia además de ávida lectora y escritora que no se animaba a publicar como tantos. Le resulto tan transparente y misteriosa a la vez que su curiosidad y fascinación aumentaron enormemente en lugar de apaciguarse con el encuentro.

Otra larga semana hasta volver a verla.
Florencia.
Todo era bello en ella. Su conversación, sus gestos, su sonrisa.
Quizás era tan tranquila y simpática porque estaba casada, porque su vida sucedía en otro ámbito, lejos. Esta era solo su distracción semanal y este encuentro “casual” en el bar algo ameno e intrascendente.
Mientras que el estaba subyugado y conmovido como un personaje de otra época.

Otro viernes. Otro café y muchos temas que aparecían mágicamente y se desarrollaban sin obstáculos hasta que comenzaba el curso.
En la semana se dedicaba a recordar cada parte de la charla. Repasaba mentalmente cada reacción, cada comentario, cada respuesta una y otra vez. Las ordenaba y desordenaba siguiendo distintas pautas. Todo volvía a su mente si se concentraba, desde su tono de voz hasta su perfume.
Esperar hasta el viernes era una placentera tortura que templaba su ansiedad y acrecentaba su enamoramiento.
Sobre ella y su vida, sabía y no sabía en igual medida. Florencia no escondía pero no compartía circunstancias y hechos que el quería obtener para sentir que la conocía completamente.
Por momentos fantaseaba que su matrimonio no era feliz, que quizás pronto ella se separaría. Así que era una estocada mucho mas profunda escucharla decir al pasar cosas como, “a mi marido también le gusto la película” o “cuando fuimos a Perú, mi marido saco tantas fotos de….”….
Ella no se imaginaba como lo lastimaban esas frases. Como destrozaban su ilusión y lo devolvían a una realidad que lo asustaba cada vez mas.
Durante la semana se permitía soñar y entonces ella y lo que ella significaba, se colaban en melodías que escuchaba, en películas románticas que de pronto no le resultaban tan tontas, en pequeños retaurants y librerías donde el imaginaba que podrían ir juntos alguna vez.
Esos viajes que no hacia por pereza y vergüenza de estar solo… que hermosos serian con ella. Que plenos e intensos. Que compañera ideal seria….
No se atrevía a pensar nada erótico. No se dejaba a si mismo imaginarla desnuda y tibia sobre sabanas azuladas por la luz de la luna. Eso seria un regalo tan increíble de la vida que ni siquiera quería fantasearlo.

El taller llegaba a su fin .la ultima clase. La última vez que la vería.
Lo desgarraba y lo liberaba. Nuevamente algo que anhelaba no sucedería en su vida. Una despedida más.
La vio entrar como todos los viernes durante esos meses. Más bella? Quizás porque ya era casi un recuerdo atesorado.

- te traje un regalo. Una novela que me parece te va a gustar. Después me contas que te pareció por mail.
- Gracias. Yo también te doy mi mail.

Bueno, no todo estaba perdido. Como esas relaciones epistolares eternas del siglo diecinueve, Javier construiría su sutil e inocente vínculo intelectual y así tendría una mínima parte de todo lo que quería poseer de ella. Era algo, al menos.
De amores no correspondidos, que es lo que mas hay, la gente no quiere escuchar. Espantan como la muerte o la vejez indigna.
Tampoco nadie quiere escuchar sobre finales abiertos e inciertos. Y sin embargo eso es lo único que hay para muchos. Eso y nada más.


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