ONÍRICO TOTAL.
El mozo enano nos miró e hizo un gesto impaciente, “No hay
nada” nos dijo y amagó a irse.
Oliver lo detuvo, “¿No podemos tomar algo? Cualquier cosa.”
“No hay nada.” Nos respondió y se quedó esperando que
tomáramos alguna decisión.
“Agua, por favor” insistí.
“No hay nada” repitió y se fue por la puerta del fondo.
Había botellas alineadas detrás del mostrador. Pensé que Oliver iba a agarrar alguna pero
con paso firmé siguió al enano por la puerta.
Yo necesitaba tomar agua o cualquier líquido. Mi boca estaba
reseca y me sentía mareado como sofocado.
Había otra puerta a
la derecha del salón. Tenía que ser el baño. Caminé despacio, la abrí y en la
oscuridad maloliente, descubrí un lavatorio descascarado y un inodoro sin tapa.
Se escuchaba agua correr como si estuviera el depósito roto.
Giré la canilla sabiendo que no saldría agua. Típico. Nada
de nada. Volví al salón. Oliver no había
regresado pero era tan intensa la sed
que tenía que no podía pensar en otra cosa.
Sobre el mostrador, a un costado había una botella verde de
gaseosa de dos litros abierta y llena hasta la mitad. Me precipité sobre ella y
cuando la estaba empinando, un olor punzante me golpeó la cara. Era lavandina.
Volví sobre las botellas alineadas en un estante con un espejo
detrás que las reproducía confusamente.
Tomé la primera. Una marrón de algún licor cremoso, quizás.
No logré beber porque no era líquido lo que contenía. Era
algo gelatinoso pero consistente. La estrellé contra el piso y a las demás
también. Todas eran engañosos adornos multicolores. Comencé a pisar esa sustancia gelatinosa que se deslizaba
entre los vidrios rotos pero no se derretía ni cambiaba su estado.
Sentía que me estaba resecando por dentro. No solo la boca y
la garganta. Todo mi interior crujía y se agrietaba. Ya no tenía saliva.
El mozo enano estaba parado en la puerta del fondo
espantándose moscardones con su trapo
sucio.
“Agua” le supliqué.
“No hay”
“¿Y Oliver? Mi
amigo.”
“Acá no está” se encogió de hombros y volvió a la cocina.
Intentaba comprender o planear algo sensato pero la sed me
quitaba todas las ideas y las fuerzas.
Retorné al baño y apoyé la cara sobre la pared. El agua
estaba ahí detrás corriendo
libremente. Golpee con los puños,
arranqué la tapa del depósito y metí la mano.
Estaba seco. El agua que corría a borbotones no estaba o estaba en mi mente entonces.
Me arrastré hasta la cocina. Mientras pensaba posibles
fuentes de líquido: Hielo, frutas, verduras, vinagre. Algo iba a encontrar.
La cocina era un cuadrado pequeño atiborrado de
elementos. La heladera bajo una mesada
estaba abierta y vacía. Los estantes solo contenían vajilla apilada, paneras,
fuentes metálicas ruidosas.
En un cajón había cientos de sobrecitos. Comencé a desgarrarlos sin leer lo que contenían. Sal, azúcar, edulcorante en polvo.
“Se lo dije. No hay” El enano ahora caminaba desde la puerta
con un balde lleno de vidrios rotos.
Me desmayaba en ese piso pegajoso o salía con mi último resquicio de energía.
Me movía como en
cámara lenta sintiendo que no lograría atravesar la puerta del parador. Cuando
pude hacerlo, vi que Oliver estaba junto
al auto hablando por celular.
Cortó, me miró y
dijo, “Al fin. ¿Que hacías? Este lugar no tiene nada. Vámonos. “
Subí al auto y pensé
explicarle lo que me había ocurrido pero la música y el ruido del motor me
agobiaron. Abrí la boca contra el viento
seco que entraba por la ventanilla y cerré los ojos con fuerza. No pensaba
abrirlos hasta que llegáramos.