OJOS EN LA BOCA DE
TORMENTA
Dejan atrás la zona de fábricas y luego la de quintas. En la ruta ya no hay camiones y casi ningún
auto.
Pasan un cruce con varios carteles indicadores de ciudades y distancias y
entonces el viaje parece realmente comenzar allí; en esa solitaria carretera
que kilómetro a kilómetro se torna más descuidada y desprovista de toda
señalización.
Carlos le indica a Marcelita los sembrados y los cultivos a
ambos lados de la ruta. Repite que el lugar al que van es increíble. Usa esa palabra
cada vez que menciona el destino de este viaje.
“¿Cómo sabés?” Pregunta Marcelita
“Y porque vi fotos y lo conozco al gordo. Sé cómo le gusta
vivir. Nunca en tu vida viste un lugar así. Vas a ver. “
“¿Pero fuiste alguna vez?”
“¿Qué tiene que ver? Ya te dije que vi fotos. ¿Sos
estúpida?”
Silencio en la ruta desierta que se desliza bajo un sol
brillante y enceguecedor. Pasan un par de horas , los cultivos desaparecen y
son reemplazados por pastizales.
“¿Trajiste un mapa?”
Reclama Carlos bajando la velocidad.
“No.no me pediste que trajera uno y como dijiste que el GPS
era un gasto que no valía la pena, pensé…”
“Tengo que pensar yo en todo. Con todas las boludeces que
tenés siempre encima, se te podría haber ocurrido. “
Silencio.Un nuevo cruce de rutas sin ninguna indicación.
“¿Este es el segundo o el tercer cruce?”
“No sé. “
Carlos resopla.
“Bueno, sigo derecho porque el camino que cruza es de ripio.
No me lo mencionó el gordo y él sabe que en el ripio no meto este coche ni
loco.”
De pronto a la derecha de la carretera aparece un arco de
cemento pintado y un cartel semi caído
en el que aún se lee “Loteo” y entre las
manchas de óxido, “Barrio cerrad “
“Increíble oportu”
“Paremos acá y preguntemos.Capaz hay alguien.” Propone Carlos mientras estaciona bajo el
portal descascarado.
“¿Vamos caminando?”
“Y sí idiota.No ves que es un camino de tierra lleno de
pozos. ¿Querés que haga mierda el auto?”
“Pero no hay nada.Esto está abandonado.” Insiste ella.
“Seguro hay un obrador con un cuidador o algo. Usá la cabeza
alguna vez.”
Silencio mientras avanzan por el angosto camino de tierra
entre charcos y yuyos.
Cada diez metros se ven pilares para cajas de electricidad
pero no están conectados a nada. También hay unas bocas de tormenta demasiado
grandes y enrejadas al finalizar lo que supuestamente sería cada cuadra.
“Siempre les tuve miedo a las bocas de tormenta”, dice
Marcelita de repente. “ Cuando era chica pensaba que podían tragarme y más grande que se me caería algo muy importante y no podría recuperarlo nunca.
Hasta tuve pesadillas repetidas con
eso.”
“¡Pero que boludez! Estas no son profundas. Mirá.”
Carlos introduce una rama que arranca de un arbusto
seco. Algo lanza un destello desde el
fondo.
“¿Qué es eso?”
“Son piedritas, tonta. Mica o algo parecido que brilla con
el reflejo del sol.”
Ella se asoma apenas.
“Parecen ojos.”
“Uh, bue. Si vas a empezar con tus estupideces de traumada…”
Carlos se para sobre la reja y le da la espalda.
“Hagamos esto. No quiero dejar el coche solo. Así que vos
andá hasta esa loma de allá y fijate que hay.
Yo me quedo cuidando el coche. Dejame tu celular a ver con cuál engancho
señal y apurate.”
“Pero no debe haber nada.”
“¿Cómo sabés? Podés colaborar un poco?”
Marcelita camina mirando de reojo las bocas de tormenta.
Percibe centelleos como ojos que le
guiñan cómplices.
Camina más rápido, trepa la loma y observa. Solo hay yuyales
marchitos.
Se da vuelta. Desde allí, el auto colorado es un pequeño
punto brillante en la distancia que le marca el camino de retorno.
Se apura. No quiere acercarse a las bocas de tormenta pero
no puede evitar la atracción que le generan.
Al llegar a la última antes de cruzar el portal de entrada, se
asoma con cuidado. Sí, son piedritas lo
que se ve en el fondo pero acá hay unas más oscuras y ovaladas color verdoso.
Le recuerdan a los ojos de Carlos. Hasta
parece que tuvieran expresión.Una expresión alterada y confusa.
No debe pensar esas pavadas se dice a sí misma y corre el
último tramo hasta el auto.
Carlos no está ni adentro ni alrededor. Se acomoda en el asiento del conductor. Los celulares
están en el buche del costado y las llaves puestas.
Gira la llave, le da arranque y retorna suavemente a la carretera mientras
reflexiona que Carlos va a encontrar la manera de llegar a lo de su amigo
porque siempre sabe qué hacer y no piensa pavadas como ella.
Hay un resplandor en
el espejo retrovisor que enmarca la sonrisa y los ojos de Marcelita que lucen
como piedritas brillantes.
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