miércoles, 19 de noviembre de 2014

ONÍRICO TOTAL.

El mozo enano nos miró e hizo un gesto impaciente, “No hay nada” nos dijo y amagó a irse.
Oliver lo detuvo, “¿No podemos tomar algo? Cualquier cosa.”
“No hay nada.” Nos respondió y se quedó esperando que tomáramos alguna decisión.
“Agua, por favor” insistí.
“No hay nada” repitió y se fue por la puerta  del fondo.
Había botellas alineadas detrás del mostrador.  Pensé que Oliver iba a agarrar alguna pero con paso firmé siguió al enano por la puerta.
Yo necesitaba tomar agua o cualquier líquido. Mi boca estaba reseca y me sentía mareado como sofocado.
Había otra puerta  a la derecha del salón. Tenía que ser el baño. Caminé despacio, la abrí y en la oscuridad maloliente, descubrí un lavatorio descascarado y un inodoro sin tapa. Se escuchaba agua correr como si estuviera el depósito roto.
Giré la canilla sabiendo que no saldría agua. Típico. Nada de nada. Volví al salón.  Oliver no había regresado pero  era tan intensa la sed que tenía que no podía pensar en otra cosa.
Sobre el mostrador, a un costado había una botella verde de gaseosa de dos litros abierta y llena hasta la mitad. Me precipité sobre ella y cuando la estaba empinando, un olor punzante me golpeó la cara.  Era lavandina.
Volví sobre las botellas alineadas en un estante con un espejo detrás que las reproducía confusamente.  Tomé la primera. Una marrón de algún licor cremoso, quizás.
No logré beber porque no era líquido lo que contenía. Era algo gelatinoso pero consistente. La estrellé contra el piso y a las demás también. Todas eran engañosos adornos multicolores.  Comencé a pisar  esa sustancia gelatinosa que se deslizaba entre los vidrios rotos pero no se derretía ni cambiaba su estado.
Sentía que me estaba resecando por dentro. No solo la boca y la garganta. Todo mi interior crujía y se agrietaba.  Ya no tenía saliva.
El mozo enano estaba parado en la puerta del fondo espantándose moscardones  con su trapo sucio.
“Agua” le supliqué.
“No hay”
“¿Y Oliver?  Mi amigo.”
“Acá no está” se encogió de hombros  y volvió a la cocina. 
Intentaba comprender o planear algo sensato pero la sed me quitaba todas las ideas y las fuerzas.
Retorné al baño y apoyé la cara sobre la pared. El agua estaba ahí detrás  corriendo libremente.  Golpee con los puños, arranqué la tapa del depósito y metí la mano.
Estaba seco. El agua que corría a borbotones no estaba o  estaba en mi mente entonces.
Me arrastré hasta la cocina. Mientras pensaba posibles fuentes de líquido: Hielo, frutas, verduras, vinagre. Algo iba a encontrar.
La cocina era un cuadrado pequeño atiborrado de elementos.  La heladera bajo una mesada estaba abierta y vacía. Los estantes solo contenían vajilla apilada, paneras, fuentes metálicas ruidosas.
En un cajón había cientos de sobrecitos.  Comencé a desgarrarlos  sin leer lo que contenían.  Sal, azúcar, edulcorante en polvo.
“Se lo dije. No hay” El enano ahora caminaba desde la puerta con un balde lleno de vidrios rotos.
Me desmayaba en ese piso pegajoso  o salía con mi último resquicio de energía.
Me  movía como en cámara lenta sintiendo que no lograría atravesar la puerta del parador. Cuando pude hacerlo,  vi que Oliver estaba junto al auto hablando por celular.
Cortó,  me miró y dijo, “Al fin. ¿Que hacías? Este lugar no tiene nada. Vámonos. “
Subí  al auto y pensé explicarle lo que me había ocurrido pero la música y el ruido del motor me agobiaron.  Abrí la boca contra el viento seco que entraba por la ventanilla y cerré los ojos con fuerza. No pensaba abrirlos hasta que llegáramos.




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